SOBREVIVIENTES.
Narra: Nixie Bauer.
– ¡¿Ni… xie?! –
– Sí…
¿Dónde están? –
– ¿Qué? No… en…endo… ¡…tamos… Cher… bil! ¿Dó… tás
tú? –
– En
Manhattan. Cerca de una planta nuclear. Quédate allí, voy para Boston –
– ¿… Boston? ¿…qué lugar? –
–
Al hotel dónde estábamos. Encontrémonos allí ¿bien? –
– Si, le… chicos… vamos… allá –
– Encontré
gente, ¡sobrevivientes! –
– Pues… más… mejor –
– Nos vemos. Te amo hermana –
– Adiós…
–
Apagué
mi celular para ahorrar la poca energía que le quedaba y lo guardé en el
bolsillo de mi pantalón. Había pasado la noche en el supermercado, rodeada de
completos extraños… incluso uno de los sobrevivientes decidió por alguna razón
ajena a mí desconfiar de todo lo que dije e intentar echarme del lugar; maravilloso. Es por esta razón que me
vi obligada a esconderme en el depósito, para evitar que oídos indeseados
escuchen mi conversación. Sin embargo, ahora debía salir sin ser vista.
Abrí
la puerta lentamente y miré para ambos lados. Salí del depósito y giré hacia la
izquierda donde, si mal no recuerdo, estaba la sección de los baños; la excusa
perfecta por mi desaparición repentina. Caminé hacia allí, asegurándome de no
chocarme con nada pero, como siempre, parecía que la suerte no estaba de mi
lado.
–
¿Dónde estabas? –
–
No es de tu incumbencia – respondí apretando los dientes.
–
Claro que lo es. Ahora que estás aquí dentro con todos
nosotros, no puedes desaparecer así como si nada. ¿Quién sabe lo que puedes
estar tramando? –
–
¿Tramando? – reí secamente – Creo que te estás poniendo un
poco paranoico Stu – sonreí de medio
lado.
–
No me llames así perra – dijo escupiendo las palabras.
–
Disculpa… ¿Acaso me llamaste perra? Porque la única perra
que veo aquí eres tú, idiota – respondí entrecerrando mis ojos.
Este
tipo me estaba haciendo enfadar y eso nunca ha sido bueno para nadie, ni
siquiera para mí misma.
–
Cuidado con lo que dices muñeca, no sea cosa de que te
arrepientas luego –
–
¿Me estás amenazando? –
–
Piensa lo que quieras. Sólo te digo que tengas cuidado de
ahora en adelante –
–
Vaya, ¿quién lo diría? Si era una amenaza – reí – Pero creo
que el que debería estar asustado aquí eres tú, no yo, ¿o acaso debo recordarte
lo desesperados que estaban por conseguir armas y municiones? Sin mí están
perdidos, ¿entiendes? No son nada – dije molesta.
Se
quedo con las palabras en la boca y la vena en la sien al límite de la
explosión mientras veía como me iba de regreso al hall principal, con una
sonrisa de victoria en el rostro. No era mucho pero siempre me gustó ganar,
hasta en las discusiones más idiotas y sin sentido en las que me viera
envuelta, después de todo, no quería ser menos que nadie.
Cuando
llegué al centro del lugar John se acercó a preguntarme dónde había estado,
claro que no lo hizo como el otro inútil, por lo que le respondí sin problema.
–
Estaba hablando con Mischa –
–
¿Mischa? – preguntó un tipo.
–
Sí, Mischa, mi hermana –
–
¿La de Boston? – preguntó John.
–
¿Con quién más? – bufé.
–
¿Cómo te comunicaste? Creí que los teléfonos del lugar no
tenían señal –
–
Con mi celular. Yo también me sorprendí cuando atendió –
dije con honestidad.
–
¿Qué le dijiste? –
–
Que había encontrado sobrevivientes y que iría al hotel
donde estábamos ahora mismo
–
¡No puedes irte! ¡Necesitamos tus armas! –
–
¡No pienso quedarme aquí de brazos cruzados mientras mi
hermana está ahí afuera luchando por su vida contra esas asquerosas cosas! –
–
Estás siendo egoísta, ¡piensa en nosotros! –
–
¡No tengo por qué pensar en ustedes, apenas los conozco
hace 12 horas! – grité – Además, ¿estás diciendo que no querrías ir a buscar a
tu hijo si estuviera solo y perdido lejos de ti? –
John
se quedó callado unos momentos, pensando en lo que acababa de decirle. Aunque
no quisiera admitirlo, estaba nerviosa. ¿Qué sucedería si se negaba a que me
vaya? ¿Qué haría para detenerme? No quería saberlo.
–
Bien – dijo – No me opondré a eso, pero quisiera que
consideraras mi oferta –
–
¿Qué oferta? –
–
Vamos contigo –
–
Estás demente. Sólo tengo mi motocicleta para viajar y
definitivamente no me haré responsable de todos ustedes –
–
No sería necesario. Nosotros tenemos autos y camionetas y
unas pocas armas que nos quedaron en el almacén para protegernos. Sólo
necesitamos tu experiencia… por favor… no quiero vivir sufriendo con la
incertidumbre de que los zombies entren al lugar, necesito moverme, salir de
aquí… no, no sólo yo, todos nosotros…
-
–
No lo sé… -
Todos
me observaban expectantes y a su vez, esperanzados. ¿Tan mal estaban? Dios… era
demasiada responsabilidad para mi sola. Al final, terminé aceptando, ¿qué podía
pasar? A mi no me sucedió nada cuando escapé de Boston… aunque es cierto que
estaba sola y en una motocicleta, que es mucho más rápida que cualquiera de sus
transportes.
Empacaron
todo y lo pusieron en la parte trasera de un gran camión para repartir
mercaderías, el cual iba a ser conducido por Stu. Los demás guardaron en bolsos
y mochilas las pocas pertenencias que pudieron salvar en su huída de las
ciudades y los arrojaron en los baúles de los autos. Una anciana decidió hacer
nombre de mi mala suerte y me dio una mochila rosada de Hello Kitty para que
guardara lo que necesitara, muchos reían mientras los demás miraban atónitos la
situación. Tomé la mochila a regañadientes, no podía negarme, y recorrí todo el
lugar buscando provisiones. Cuando terminé nos dirigimos a la entrada tapiada
desde el interior con maderas, el pequeño grupo temblaba en anticipación a lo
que vendría, víctimas de aquel miedo aterrador que tan poco conocía.
–
Dividiremos la salida en distintas etapas ¿bien? – pregunté
girándome hacia ellos - Primero debemos
quitar las maderas con el mínimo de ruido posible; luego irán hacia los
vehículos, alguien deberá esperar al momento adecuado para levantar la cortina
de hierro; yo saldré por esta puerta e iré a buscar mi motocicleta mientras la
persona que se quede se encarga de la cortina; finalmente salen todos y nos
encontramos en primera curva de la autopista, ¿entendido? –
Todos
asintieron, haciéndome saber que depositaban sus vidas en mis manos. Miré a los
hombres mientras quitaban los tablones de madera, suspiré profundamente dándome
la fuerza psicológica que necesitaba y con un leve movimiento de mano, indiqué
que el escape comenzaba en ese momento. Corrieron hacia el estacionamiento,
habíamos acordado un límite de 15 minutos para comenzar con la tercera etapa
del plan. Conté los interminables segundos, golpeando mi pie contra el suelo
ansiosamente. Finalmente, se cumplió el límite de tiempo, tomé una última
bocanada de aire mientras tomaba mi arma entre mis manos y corrí hacia la
puerta abriéndola de una patada y saliendo al exterior.
El
panorama ante mí era totalmente enfermizo, el olor a cadáveres en descomposición era tan repulsivo que casi vómito ahí mismo. Los
cuerpos inertes caminaban entre los escombros, buscando vida de la que
alimentarse para apaciguar su insaciable hambre; algunos clavaban sus uñas
astilladas en las paredes en intentos desesperados por ingresar a los
edificios. Caminé sigilosamente entre los autos estacionados en la entrada del
supermercado hasta que vi lo que buscaba, mi BMW F 800 S negra. Con una última
mirada a mí alrededor me lancé hacia ella, tiré la mochila sobre mi hombro, me
calcé el casco y salí de allí a toda velocidad seguida por aquellos repugnantes
zombies. Llegué al punto de encuentro y esperé a los demás, quienes aparecieron
unos minutos más tarde.
–
¡No puedo creer que estemos vivos! –
–
¡Todo esto es
gracias a ti! –
–
¡Te debemos tanto niña! –
–
No fue nada, en serio… Pero no es momento de celebrar,
primero debemos llegar a un lugar seguro –
Condujimos
sin detenernos durante horas, no sé cuántas ni tampoco me interesa saberlo.
Cuando entramos en Boston ya estaba oscureciendo, por lo que saqué mi celular
del bolsillo de mi pantalón y marqué el número de ella.
–
¿Nixie? ¿Dónde estás? –
–
Acabamos de ingresar en Boston, estamos yendo al hotel –
–
De acuerdo. Apresúrense,
está anocheciendo y no es seguro aquí fuera –
–
Lo sé, nos vemos – corté.
–
El hotel está en esa dirección – dije apuntando con mi dedo
índice hacia el sur – Llegaremos en 15 minutos así que apresúrense. Al llegar
podrán descansar –
Pasaron
los 15 minutos, fueron los más largos de mi vida. Mientras más nos acercábamos
pude reconocer el auto de Charlie estacionado en un costado del hotel.
Estacioné mi motocicleta y me bajé corriendo hacia la puerta. La abrí de un
golpe, sin preocuparme por el ruido que pudiera hacer.
–
¡¡Mischa!! – grité con todas mis fuerzas.
–
Nixie… - susurró.
–
Mischa… lo siento – lloriqueé abrazándola – Lo siento tanto…
-
–
Shh, está bien pequeña… me
alegra que estés bien – sonrió.
“Escucha
bien, amor, lo que te digo pues creo no habrá otra ocasión para decirte que no
me arrepiento de haberte conocido.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario