“Es hora de que te rindas, de que te des por vencida y abandones todas tus esperanzas... pequeña niña estúpida, ¿acaso no lo ves? No hay nadie esperándote más allá del horizonte.”
Suspiré ansiosamente, recostando mi cabeza en el respaldo del asiento y cerrando mis ojos. Los muchachos se habían ido hacía quién sabe cuanto, quizás una hora o más, el sol se encontraba en su punto más alto, indicando que ya era mediodía. Miré de reojo a Mischa, quien se veía incluso más ansiosa que yo, mordía sus uñas sin piedad y asomaba la cabeza por la ventanilla de la camioneta cada cinco minutos.
– ¿Puedes quedarte quieta? Estás comenzando a fastidiarme – resoplé, mirando al frente.
– Están tardando demasiado…
– Seguro se encuentran bien, no tienes por qué preocuparte… ellos pueden cuidarse solos – dije, volteándome para ver que Alexa dormía plácidamente en el asiento trasero.
– No lo sé… Charlie ha estado raro últimamente, no ha sido el mismo desde la muerte de Derek…
Me
hundí en mi asiento ante la mención de su nombre, su muerte me había afectado
más de lo que esperaba, sorprendiéndome incluso a mí misma. Nunca había sido
partidaria de las emociones, ni siquiera de pequeña. “Tan fría como un iceberg, tan dura como una roca, no permites que
nadie penetre tu coraza de indiferencia… eres especial mi niña, diferente al
resto” Es lo que mi madre solía
decirme; la noticia sobre Derek me había caído como un balde de agua helada y,
con todo lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor, sólo podía pensar en desaparecer
de este infierno en el que nos veíamos obligados a vivir diariamente. Bajé la
mirada y contemplé mis pies, deseando que de alguna forma, el cuero del asiento
se abriera y me tragara para siempre. Sentía la mirada de mi hermana sobre mí… quizás se había dado cuenta de lo que
estaba pensando. El murmullo de la gente que nos acompañaba llamó nuestra
atención y uno de los sujetos se acercó rápidamente a la camioneta.
–
¿Qué sucede? – pregunté incorporándome.
–
Stu divisó a un grupo de esas cosas rondando cerca de la
estación de radio – respondió complicado.
–
¿Qué tan cerca de Charlie y los otros estaban? – preguntó
Mischa apresurada, metiéndose en la conversación.
Antes
de que el sujeto siquiera pudiera comenzar a responder, Mischa ya había saltado
del vehículo, arma en mano, corriendo en dirección al alambrado que separaba a la
estación de nuestro grupo. Corrí detrás de ella, sin antes dejar indicaciones
de que cuidaran a la pequeña niña que milagrosamente aún dormía tranquilamente.
Bordeó la estación de radio a gran velocidad, yo la seguía de cerca, gritándole
que se detuviera y regresara.
–
Idiota… ¿qué… mierda… haces? – dije agitadamente una vez
que nos detuvimos.
–
Tenemos que entrar y avisarles de los zombies – me miró
fijamente – Podemos meternos por una ventana detrás de aquel basurero – dijo
señalando dicho contenedor.
–
No podemos dejarlos solos, no saben como defenderse de esas
cosas…
–
Ellos no son de nuestra incumbencia – espetó.
–
Alexa lo es para Connor y para mí – respondí.
Se
hizo un tenso silencio entre nosotras, mi impasible mirada se encontró con la
suya desafiante, negro contra marrón, en una inadvertida lucha por el control
de la situación.
–
Como quieras – dijo, decepcionada.
Y
así sin más, se dio la vuelta y corrió hacia el contenedor, usándolo como ayuda
para trepar por la ventana. Me quedé en silencio, sin mover un solo músculo,
esperando oír disparos dentro del edificio pero no se escuchaba nada, ni
siquiera el crujir de los vidrios, ni los casi imperceptibles pasos de Mischa.
Lentamente
regresé al grupo y subí nuevamente a la camioneta, todos me observaban de
manera extraña, escrutinando cada uno de mis movimientos. La preocupación
comenzaba a carcomerme lentamente, no sólo estaba preocupada por Charlie,
Connor y Murphy, sino que ahora se les había sumado mi hermana.
Un
suave suspiro en la parte trasera hizo que me volteara, mis ojos se encontraron
con los hermosos orbes azules de aquella niña que rescatamos.
–
¿Dónde está papá? – murmuró, mientras restregaba uno de sus
ojos.
–
Fue a hacer algo muy importante… pero volverá pronto, no te
preocupes – le dije dulcemente, acariciando sus dorados cabellos.
–
¿Qué es ese lugar? – señaló la construcción que se erigía
delante de nosotros.
–
Es una estación de radio y sirve para escuchar música –
respondí sonriendo levemente.
“Guarda
algún recuerdo de tu pasado, o de lo contrario... ¿cómo comprobarás que no fue
un sueño?”
Alexa
me recordaba mucho a mí o, al menos, a lo que recordaba de mi infancia. Era
inteligente y atenta, siempre observando su entorno y dispuesta a obedecer
órdenes en las situaciones correctas. De pronto, un gran estruendo se hizo
presente como un cuchillo, cortando el silencio en el que estábamos sumidos. Al parecer provenía de la estación. Me
incorporé de un salto y dirigí mi cuerpo hacia las personas que nos
acompañaban.
–
¿Qué demonios fue eso? –
–
Sonó como si algo pesado hubiera caído al suelo – contestó
tímidamente una de las mujeres.
Observé
el edificio con mis ojos entrecerrados; me encontraba casi al borde de la
histeria, sin embargo, no podía permitirme ser débil en estos momentos. Todas
estas personas dependían de mí y me seguían como si fuera su líder… no quería
ni pensar en lo que podría suceder si notaban la inseguridad en mi accionar.
Podía sentirse una suave brisa, anunciando el comienzo del invierno y
llevándose consigo el final de una época de felicidad, en donde uno solo se
preocupaba por los regalos que compraría en navidad y no por sobrevivir. Mis
cabellos se alborotaron, provocándome cosquillas en el rostro. Inspiré
profundamente para tranquilizarme y, con una última mirada a la pequeña niña,
comencé a caminar en dirección al basurero. Una vez allí, me aseguré que no
hubiera caminantes cerca y trepé por la ventana.
El
interior era oscuro, a penas alumbrado por el sol proveniente del exterior, con
trozos de vidrio desparramados por el suelo de madera. Había cajas contra las
paredes y todo el lugar estaba cubierto de polvo y telas de araña. Salí de la
habitación y recorrí lo que parecía ser una especie de recibidor; no había rastros
de lucha ni de los muchachos. Más adelante, visualicé una abertura que llevaba
a unas escaleras en forma de caracol, así que, tomando mi Beretta, me dirigí
hacia allí. Subí por aquellas escaleras lentamente, las tablas que la formaban
estaban deterioradas por los años y crujían a cada paso que daba. Al llegar al
segundo piso observé tres puertas, todas distribuidas perpendicularmente a la
posición en la que actualmente me encontraba pero solo una de ellas estaba
ligeramente abierta. Podían oírse ruidos detrás de esta, como si alguien
estuviera revisando lo que sea fuera que hubiera ahí… un ligero escalofríos
recorrió mi espina dorsal, había algo en
todo esto que me ponía nerviosa. Luego de unos instantes el ruido se detuvo
y observé con horror como la puerta se abría lentamente, emitiendo un grito de
dolor, dando paso a las criaturas que se escondían en aquella habitación.
Corrí
hacia la planta baja, buscando una puerta o alguna abertura donde pudiera
refugiarme, el sonido de mis pasos retumbaba contra las paredes produciendo un
efecto estremecedor. Sabía que las criaturas me estaban siguiendo, podía oír
los gemidos detrás de mí. Giré en una esquina y me encaminé hacia el final del
pasillo, encontrándome con un final muerto; no había vuelta atrás, estaba
atrapada por esas criaturas… mi fin había
llegado finalmente.
Una
mano me tomó de la cintura y, bruscamente, empujó mi cuerpo al interior de una
habitación que no había distinguido en la oscuridad. Hubo un instante de
tensión mientras esos seres se alejaban, podía sentir como mis músculos se
tensaban ante la adrenalina.
–
¿Estás bien? – preguntaron, una vez que se habían alejado
completamente.
–
¿Quién eres? – pregunté incorporándome, adoptando una
posición defensiva.
–
De nada, fue un placer salvarte la vida – ironizó.
El
cuarto estaba sumido en la oscuridad pero, aún así, sabía que estaba sonriendo.
La voz se me hacía vagamente familiar pero no lograba reconocerla por completo.
–
¿Quién eres? – repetí firmemente.
–
Tranquila muchacha, soy yo, Murphy – respondió riendo.
–
Dios… eres un idiota, ¿sabías eso? Podría haberte matado –
contesté sonriendo de lado, me sentía más tranquila ahora que no estaba sola,
aunque no quisiera admitirlo.
Luego
de asegurarnos que no hubiera moros en la costa, avanzamos por el pasillo
contrario en el que se habían perdido los caminantes, él me guió hasta lo que
parecía ser un sótano. El lugar estaba repleto de equipos de radio averiados,
transmisores y sistemas radiantes completamente destruidos y cientos de cajas
con cables.
–
Esto parece un cementerio de aparatos electrónicos – dijo
Murphy riendo ligeramente.
–
¿Dónde están los demás? – pregunté ignorando su comentario
por completo.
–
Escondidos aquí abajo… encontramos una especie de cuarto de
pánico – señaló una esquina de la habitación – Al parecer los sujetos que
trabajaban aquí se refugiaron allí, sin embargo no hayamos rastros de vida –
Era
posible vislumbrar un leve astro de luz proveniente de aquella esquina,
dibujando casi imperceptiblemente los bordes de una pequeña puerta ubicada
contra la pared, podían oírse voces que venían del interior. Golpeé suavemente
y esperé a que me abrieran.
–
¡Nixie! ¿Tú también estás aquí? – preguntó Charlie
sorprendido.
–
¿…También?
–
Vaya, miren quien decidió unírsenos…
Volteé
rápidamente, mi cabello volando a mi alrededor, para encontrarme con su rostro,
mirándome con una ceja levantada y su típica sonrisa de superioridad. Estaba
recostada contra una de las paredes, la puerta de la habitación bloqueaba su
vista, provocando que la pasara por alto.
–
¡TÚ! – grité – Esto es lo más estúpido que has hecho hasta
ahora, la parte superior del edificio está infestado por zombies, ¡podrías
haber muerto!
–
Pero no lo hice, ¿o sí? – sonrió de media luna – Mira, es mejor así.
Este es el lugar perfecto para planear nuestro próximo movimiento sin que nadie
nos interrumpa o nos espíen –
–
Como sea… – resoplé molesta – ¿Qué tienes en mente? –
–
Debemos deshacernos de tus acompañantes, son una enorme
carga que nos hace más propensos a los accidentes, sin contar que son más bocas
para alimentar y la comida es algo que debemos cuidar a cualquier costo –
–
No podemos matarlos si eso es lo que insinúas – intervino
Connor.
–
¿Quién dijo que lo haríamos nosotros? El lugar es la trampa
perfecta… solo necesitamos guiarlos hasta el primer piso y listo, las criaturas
harán el resto –
–
Tienes que estar bromeando… ¿cómo puedes pensar en algo
como eso? – preguntó Charlie horrorizado.
–
Es obvio que ellos no confían en nosotros, sólo en Nixie.
No sabemos de lo que son capaces y no voy a esperar sentada a que intenten
matarme –
Un
tenso silencio se hizo presente en el lugar, Charlie negaba con la cabeza,
totalmente aterrorizado por la idea de Mischa mientras los demás sopesábamos
los pros y los contras de aquella decisión. Sonaba lógico porque, seamos
honestos, los alimentos escaseaban al igual que las armas y no podríamos
protegerlos a todos las 24 horas, pero por el otro lado eran vidas humanas,
inocentes que nunca quisieron verse envueltos en esta situación. Sin embargo… yo era una asesina, esa era mi
profesión, el trabajo que adoraba hacer.
–
¿Por qué no lo ponemos a votación? – preguntó Murphy – Los
que estén a favor levanten la mano –
Elevé
mi mano lentamente pero segura de mi decisión, seguida por los hermanos
MacManus, quienes intercambiaron una mirada antes de aceptar la idea. La última
en hacerlo fue mi hermana. Charlie se quedó ahí, parado como una estatua,
asimilando lo que veía; levanto su mano, dudando de sus acciones, pero ya no
había vuelta atrás, la decisión estaba tomada, era unánime, mataríamos a toda aquella gente.
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