NO, NO LO HAGAS...
Narra: Nixie Bauer.
El ruido del motor se detuvo frente al hotel en el que nos hospedábamos, descendimos de la motocicleta y nos encaminamos a la puerta de entrada. Subimos los pisos correspondientes por escalera, los elevadores no funcionaban, al igual que los demás aparatos electrónicos del lugar. El lugar que normalmente no tenía mucha concurrencia se encontraba completamente vacío, desierto, sin nadie que atendiera el mostrador o limpiara los pisos… realmente, una imagen desoladora.
Llegamos a la puerta de nuestra habitación y entramos. En su interior nos encontramos con Charlie y Derek, quienes nos esperaban nerviosos.
– No saben como me alegra verlas – dijo Charlie, abrazándo a Mischa y luego a mí – Estábamos muy preocupados –
– ¿Cómo se les ocurre preocuparse por nosotras? Si somos como dioses – dije con humor.
– ¿Qué hacen aquí? – preguntó Mischa.
– Vimos por las noticias las alertas por el derrame nuclear y los zombies; una de las ciudades sitiadas por esas cosas era Boston – dijo Derek, quien luego de Charlie, nos abrazó a cada una de nosotras. – Sólo queríamos ver si estaban a salvo –
“Es en esas situaciones críticas que aprendes a mirar y distinguir a aquellas personas que sienten verdadera preocupación por ti.” Tan cierto… a veces resulta imposible imaginar mi vida sin estos dos hombres, siempre junto a nosotras, protegiéndonos.
– ¿Qué es lo que haremos ahora? – pregunté más para mí que para los demás.
– Empezaremos por irnos de aquí, iremos a un lugar más seguro que este – dijo Derek.
– ¿De qué lugar estaríamos hablando? – pregunté.
– Londres – respondió sonriendo Charlie.
– Tienes que estar bromeando – bufó Mischa – ¿Todo lo que hicimos para terminar yendo a Inglaterra? –
– Eso parece – contestó Charlie
– De eso ni hablar. No pienso embarcarme en un avión a otro continente – dije.
– No seas testaruda Nixie – dijo Derek – Es el mejor lugar. Apartado, otro país, otro continente, con un océano de por medio… la peste no llegará hasta allá –
Oh, si supiera cuan equivocado estaba… Empacamos las pocas cosas que habíamos sacado de nuestras maletas, bajamos las escaleras y nos dirigimos a la puerta trasera del hotel, donde habían dejado estacionado el BMW de la empresa de Frederick.
– ¡Esperen, mi motocicleta! – grité.
– No puedes llevarla – dijo Derek.
Y con eso, me tomo por los brazos y me metió dentro del coche, mientras pateaba y me sacudía violentamente en un intento de zafarme de su agarre.
Él parecía no escuchar a mis súplicas, su abrazo se hacía más y más fuerte en su lucha por meterme en el automóvil, mientras que de mis ojos comenzaban a brotar lágrimas que se escapaban sin control y corrían por mis mejillas.
– ¡Estás lastimándola! – gritó Mischa – ¡Detente Derek! –
Pero ya era demasiado tarde. Para cuando Derek pareció reaccionar al griterío a su alrededor, estaba recibiendo un golpe Jab en la nariz de parte de Mischa.
Me soltó y caí al piso arrodillada, pero no pensaba quedarme ahí a esperar a que alguien más me agarrara, así que me levanté y corrí en dirección a la puerta principal. En mi carrera hacia la entrada pude oír a mi hermana gritándome desesperadamente que regresara, que era peligroso… pero ya no podía volver, no tenía marcha atrás… la adrenalina se había adueñado de mi cuerpo y en lo único que pensaba era en llegar a mi motocicleta, montarme en ella e irme bien lejos de todos estos sicópatas que me rodeaban, olvidarme de todo.
– ¡Nixie, por favor, detente! –
– Ya es tarde – susurre – Ya es tarde… –
– ¡Nixie! –
Su alarido de dolor fue lo último que escuché antes de salir a la calle.
Gritos… gritos eran lo único que se oía en esa calle que fue la avenida principal por la que transité esa mañana. Aquellas cosas inertes se me acercaban a una velocidad sorprendente, tan rápido que no tuve tiempo de siquiera acercarme a mi objetivo. Ella salió como una bala del hotel, arma en mano, y disparando a esas cosas sin piedad y sin medir las consecuencias… estábamos rodeadas por ellos. Estaba tan ocupada observando a mi hermana dispararles a esas desagradables cosas que no noté los brazos que me rodearon por la cintura y arrojaron por una alcantarilla que allí había, haciendo que cayera en el desagüe de la ciudad, seguida rápidamente por Mischa y por el hombre que nos había salvado de morir.
– ¿Quién eres? – pregunté mientras lo apuntaba con el arma que acababa de sacar de mis pantalones – ¿Cómo te llamas? –
– Murphy… Murphy MacManus – respondió.
“Cuando mantienes el resentimiento hacia otra persona, creas una cadena emocional que es más fuerte que el hierro. El perdón es la única manera de romper esa cadena y liberarse (…) y es que mantener la rabia y el dolor solamente tensa tus músculos, te da dolor de cabeza y hace que tus dientes rechinen (…) Entonces el perdón es lo que da alivio a la vida.”
Este no es el fin… ni siquiera se encuentra cerca, y es que contigo siento que puedo sobrellevar todas mis miserias.
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