domingo, 16 de octubre de 2011

Capitulo 6.

Narra: Nixie Bauer.

Ahora siento hacia mis semejantes un odio sereno, o una piedad tan inactiva que es lo mismo.

Conducía por aquella desierta autopista de Estados Unidos, alejándome de la ciudad de Boston, de esas horribles criaturas, de Charlie y de Mischa…  ¿Qué demonios me había sucedido allí atrás? Francamente no lo sabía. Consideré volver pero para cuando deje de llorar, ellos ya debían de estar escondidos en quien sabe dónde, por lo que decidí continuar mi camino hasta donde me llevara. Conduje durante horas, sin saber a donde me estaba dirigiendo. Para cuando me detuve la noche ya había caído sobre mí, dejando todo a mi alrededor en penumbras a excepción por la luz de los faroles de mi motocicleta. Aparqué en la puerta de lo que parecía un shopping, caminé a la entrada principal pero estaba trabada. No era extraño en esta situación… de seguro había gente adentro, así que bordeé el perímetro hasta que encontré un hueco en una ventana por donde entré. Todo el interior se encontraba aún más oscuro que afuera; se oían voces a la distancia, encima de donde estaba. Siguiendo el murmullo, encontré el hall principal del shopping, donde habían improvisado una fogata para mantener el calor y alumbrar el lugar. De pronto sentí que algo caía detrás de mí, me giré rápidamente lista para disparar pero me detuve en seco.

        Por favor, no me lastimes – dijo con lágrimas en los ojos.

Era tan sólo un niño pequeño, de no más de 8 años.

        No voy a hacerlo. ¿Cómo te llamas? – dije bajando mi arma para no asustarlo.
        Matt… 
        Bueno Matt, yo soy Nixie – dije sonriéndole – ¿Estás aquí solo? –
        ¿Matt? ¿Con quién hablas? – preguntó otra voz, de un hombre.

Levanté mi arma nuevamente, no era como si fuera a usarla pero ser precavida nunca ha estado de más.

        ¿Quién eres tú y cómo es que entraste? – preguntó.
        Me llamo Nixie – dije molesta por tener que repetir mi nombre – Entré por un hueco en una ventana –
        ¿Qué es lo que quieres? – preguntó bruscamente.
        Woah, no necesitas hablarme así. Sólo busco un lugar donde refugiarme y conseguir provisiones –

El tipo me miró durante un bueno rato, buscando algo que supusiera un peligro para ellos, hasta que relajó sus músculos lentamente.

        Bien, puedes quedarte –
        Gracias –
        Por cierto, soy John – dijo, extendiendo su brazo.
        Un placer – respondí, estrechando su mano.

Caminamos por un largo pasillo hasta la parte trasera del edificio; allí había varias carpas armadas y gente a su alrededor realizando actividades “comunes”, si es que afilar machetes o vigilar el perímetro podían considerarse normales. Nos sentamos en unos bancos y comenzó el interrogatorio…

        ¿De dónde eres? – preguntó John.
         New York… ¿ustedes? –
        Dakota del Norte – respondió - ¿Qué haces tan lejos de casa? –
        En realidad, estaba en Boston por trabajo – dije.
        Ya veo… ¿estabas sola? –
        No – respondí.

El constante interrogatorio comenzaba a molestarme, ¿quién se creía este tipo como para estar cuestionando que hacía allí? Estaba con ellos y punto. De pronto, recordé una pregunta que había estado rondado en mi cabeza hacía unas cuantas horas.

        Dime, John… ¿por casualidad sabes que es lo que sucedió? – pregunté, dubitativa.
        ¿A qué te refieres? –
        A los zombis, ¿a qué más podría referirme? – contesté sarcásticamente.
        La verdad es que no estoy seguro… –
        ¿Cómo que no estás seguro? ¡¿Cómo puedes no saber?! –
        ¿Cómo no puedes saber? –
        … touché –
        Es más complicado de lo que piensas… Verás, hace unos meses instalaron una nueva planta de energía nuclear en las afueras de Manhattan, “Fort Calhoun”. Seguro oíste hablar de ella –
        No realmente –
        Dios, ¿en dónde vives? – rió – En fin, todo marchaba bien hasta que por un desperfecto de los reactores comenzó a generar más energía de la necesaria; esto no suponía ningún problema con la gran cantidad de ingenieros encargados de la reparación –
        ¿Pero…? –
        No llegaron a tiempo, la energía había destruido la planta completa y, por alguna extraña razón, se expandió hacia las demás centrales ubicadas en todo el país. Llegó un punto en que los reactores no dieron abasto y se produjo una explosión –
        ¿Cómo es que no escuchamos nada? –
        Las explosiones de energía nuclear son silenciosas pero letales… los químicos utilizados se esparcieron por todas los estados, infectando a la gente. Al principio sólo sufrían los efectos conocidos por la radiación, sin embargo, los científicos descubrieron que estos químicos se habían fusionado con la virus de la gripe, haciendo que mutara a algo espantoso… si este nuevo virus ingresaba al organismo de un ser vivo, al cabo de unas horas, dicho ser comenzaba con los síntomas –
        ¿Qué tipo de síntomas? –
        Fiebre, alucinaciones, dolor corporal, fragilidad ósea y finalmente, la muerte –
        Pero los síntomas no terminan ahí, ¿cierto? – pregunté con un deje de temor en mi voz.
        No… este virus desarrollo la extraña capacidad que le permite reanimar sólo la parte del cerebro que controla nuestros movimientos. En otras palabras, crea personas que se mueven solo por el deseo de alimentarse pero que son incapaces de reconocerse a sí mismos o a lo que los rodea –
        Es horrible… ¿El gobierno no hace nada? –
        Intentaron detener la enfermedad, pero fue inútil… se expandió sin piedad, matando gente y destruyendo familias. Al cabo de un tiempo desistieron y decidieron colocar a la armada en las ciudades con una ubicación estratégica –
        ¿Qué ciudades son esas? –
        New York y Atlanta. Son las únicas que sé. Y la peor parte de todo es que los políticos huyeron de aquí, viajaron todos a Europa; los militares resguardan a los últimos científicos vivos capaces de encontrar la cura para esto –
        ¡Son unos malditos hijos de puta! ¡Prefieren dejarnos morir con tal de sobrevivir! –
        Es la ley del más apto… pero con suerte el virus llegará a allá también –

De toda la familia humana algunos miembros debían sobrevivir, y su supervivencia iba convertirse en su misión; cumplirla a costa de su vida era apenas un pequeño sacrificio (…) En la lucha por la supervivencia, el más fuerte gana a expensas de sus rivales debido a que logra adaptarse mejor a su entorno.

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